miércoles, julio 09, 2008

Contrato con Dios, de Will Eisner

Kilgore Trout es un hombre. Pero también, y a la vez, es sólo un nombre. Es alguien mitad ficción, mitad real. Colmo de multitud de vicios. Es aquél a quien todo el mundo va a buscar cuando se siente aburrido de lo que lee. Y a veces se deja caer por este blog. Muy buenas veces. Desde su observación militante nos incita y nos invita a bucear obras que él ya ha conocido. Se piensa que es demasiado vago para comenzar un blog cuando, verdaderamente, lo complicado es mantenerlo. Cree que no tiene blog, pero en realidad él ya forma parte de este blog en tanto en cuanto introduce variables que modifican el comportamiento de los que aquí escribimos algo más que comentarios. Así, un día del mes de enero, Kilgore me dijo aquí: “Yo terminé hace poco un gran cómic (o novela gráfica). A ti, situacionista, te gustaría mucho. El único pero es que es un poco caro”.


Las hormigas de fuego son unos bichos un tanto siniestros. Se diferencian de otro tipo de hormigas en que son muy agresivas y atacan en masa todo lo que se encuentran a su paso. Su gran número provoca que sea casi imposible acabar con el hormiguero. Pero tienen un gran enemigo mortal. Existe una mosca en su hábitat que ha evolucionado para atacar a estas hormigas. No se las come, pero las utiliza para otra cosa más importante que la alimentación: continuar la vida de su especie. La mosca, ataca a las hormigas insertándolas una larva en su interior. Esa diminuta larva va creciendo dentro de la hormiga hasta que logra hacerla morir y, finalmente, sale de su cuerpo convertida en una nueva mosca enemiga de las hormigas de fuego. Bien, Kilgore Trout es esa mosca. Y todos los bloggeros que nos cruzamos con él mirándonos los zapatos, las hormigas de fuego.

Ese cómic que Kilgore había mencionado no era otro que Contrato con Dios. La vida en la Avenida Dropsie. Ciertamente, como la hormiga con una larva dentro, la recomendación había sido olvidada por mí. La sola mención al alto costo del cómic me hizo descartarla. Por entonces uno ya se había gastado todo lo posible en autoregalos navideños –es realmente dañino pasar por una librería en busca de un libro para regalar… todos serían perfectos para mí, supongo. El caso es que meses después, bastantes meses después de que ese comentario se me hubiera olvidado, aparecí en una librería de barrio frente por frente a la última novedad de la estantería de cómic: Nueva York, la vida en la gran ciudad. Atraído por lo que parecía un interesante cómic sobre la ciudad de los rascacielos abrí el libro por una página cualquiera. La escena, de dos chicos tratando de rescatar una moneda dentro de una alcantarilla, con un vagabundo al lado que bien parecía estar muerto, me dejó sin habla. No era el hecho en sí de narrar una historia aparentemente banal, aún a pesar del muerto. Era la combinación entre el trazo del dibujo en blanco y negro, la expresividad de los rostros que dejaban ver la alegría, la ilusión del dólar cazado y la incertidumbre, el miedo a la muerte que el hombre que será ese niño acaba de contraer al ver al vagabundo en estado catatónico.

El libro era de un tal Will Eisner que, para un analfabeto del cómic como yo, no significaba nada. Sin embargo, la pequeña larva comenzó a escavar para salir a la superficie. Will Eisner era el de Contrato con Dios. Y como si hubiera estado esperándome durante tanto tiempo en la estantería de la librería, allí estaba un único ejemplar, bien conservado a pesar de los meses. Se vendría conmigo y veríamos qué cosas teníamos en común Kilgore, Will y yo.

El libro es en sí mismo una trilogía. Contrato con Dios, que sería la primera parte y la que da nombre al libro completo; Ansia de vivir y La Avenida Dropsie. Es llamada la primera novela gráfica de la historia, publicada en 1978 tras varios rechazos editoriales y, sin lugar a dudas, la obra cumbre de Will Eisner.

Este dibujante criado en Brooklyn en una familia judía, decidió componer una obra donde se reflejara el Nueva York de su vida. Eisner nos enseña en cada una de las partes la extrema dureza vital de esa ciudad y sus gentes así como la inamovible felicidad que acompaña a esa dureza. La vida allí era un drama que a cada paso vislumbraba alegría, desesperación, optimismo y crueldad a partes iguales. El libro trata de ser una autobiografía del propio Eisner sin que él aparezca por ningún lado. Todos somos parte de aquellos con los que nos cruzamos. El lugar donde vivimos nos forja el carácter, nos ayuda a ser prevenidos y confiados según las situaciones y nos hunde o nos ensalza según la suerte con la que nos hayamos cruzado. Eisner lo sabía, y da muestras de ello.

La historia que se nos cuenta no es la historia de Nueva York, sino de una de sus pequeñas venas, la Avenida Dropsie. Situada en un barrio como Brooklyn, el microcosmos de Dropsie hace inteligibles los acontecimientos de la historia norteamericana por todos nosotros conocidos. Y también muchos de la historia mundial. Dropsie está poblado por gentes de diferentes etnias –judíos, negros, hispanos, italianos, irlandeses, etc.- aunque Eisner, como es lógico, nos muestra más historias de familias judías.

Hay libros que empiezan flojos para ir, poco a poco, creciendo en el sentimiento del lector. Sin embargo Eisner no disimula y capta al lector con todo su talento desde la primera historia, la que da nombre al libro, la del Contrato con Dios. Puede ser muy buena prueba para que sepa Ud. si le va a gustar el libro. Cójalo en una librería, abra la primera historia, la del rabino Frimme Hersh. Si no se estremece al contemplar el rostro de dolor del rabino mientras le chilla a dios por haberle abandonado, si la sutil manera de Eisner de llevarnos por el dolor de este hombre de buen corazón, ahora desgarrado, no le conmueve, cierre el libro y olvídese de emocionarse alguna vez en su vida. Eisner nos pone ante situaciones de extremo dolor dejándonos atrapados en la guillotina, salvándonos la vida por los pelos o asumiendo nuestra muerte como lectores al final de cada historia.

La historia del rabino centra la atención en el primer libro de tal manera que el resto, aun a pesar de su calidad y emotividad, nos deja fríos. Sin embargo, los otros dos libros que componen la trilogía levantan el vuelo por no verse herederos de dolor de Hersh. Ansia de vivir nos enseña una Nueva York en mitad de la crisis del 29. Desesperación, ese es el tema de este segundo libro. Los personajes que por aquí desfilan urden todo tipo de tramas para escapar de su destino apocado. Poco a poco, las historias individuales de cada uno de ellos se van entremezclando, con el discurrir del barrio. Unos conocen a otros y entre todos ellos componen la historia de un barrio que, como todos los barrios, sufre la Historia como un peso que le arrastra al fondo del río.

Mención aparte merece La Avenida Dropsie, el tercer libro de este volumen. En esta brillante obra, Eisner nos enseña la Historia genérica del barrio Dropsie, de Brooklyn. El llevar de los años provoca cambios poblacionales, étnicos, urbanísticos, sociales. Cada nueva variable introducida por Eisner modifica a los personajes, al barrio, a la globalidad del libro. Sin embargo, como bien nos enseña Eisner en esta visión de su vida, todo en realidad permanece inalterable. Los holandeses no quieren vivir al lado de los ingleses. Los ingleses quieren echar a los nuevos vecinos irlandeses, quienes terminan por reclamar la expulsión de los inmigrantes italianos, enfrentados por la llegada de judíos al barrio. Estos, curiosamente, son los únicos que no se enfrentan a nadie en toda la novela. Al menos como grupo social. Sí que se levantan todos frente a la llegada de la población negra. Aunque toda esta serie de quejas sociales termina siendo siempre sofocada por un atisbo de inteligencia, por una pérdida de miedo ocasionada por una crisis social –puede ser el crack del 29, pero también la guerra de Vietnam- que termina uniendo a todos los grupos sociales presentes en cada momento definiendo y redefiniendo la identidad del barrio una y otra vez.

Quizás sea esa la moraleja de este libro. Quizás, Eisner nos enseñe que es el miedo lo que provoca los males de ese pobre barrio. Cuando Eisner publica Contrato con Dios, Nueva York es una ciudad sin ley, dominada por los grupos mafiosos. Son los miedos individuales los que, según nos enseña Eisner, permiten a los malos recolocar al barrio, hacer de él lo que quieran y manipular a las personas a su gusto propio. Eisner señala sobre todo a los mafiosos, a los delincuentes, pero no me cabe duda de que en la ciudad de hoy, quienes señalan el destino del barrio no son sólo los criminales. Son los políticos y las ideas empresariales las que modifican nuestro entorno. Y Eisner tiene toda la razón a la hora de mostrarnos en el libro que, desde la voluntad de diálogo y la unidad de los vecinos, nadie puede acabar con lo que todos hemos construido.

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domingo, julio 06, 2008

La ladrona de libros, Markus Zusak

“La ladrona de libros” es una de las novelas que aparecieron en mi estantería el pasado Sant Jordi (gràcies, Mama). Leí que “La ladrona de libros” es la historia de la niña que le robó las palabras a Hitler. Pero creo que no es verdad. Ella de Hitler no se habría llevado nada. Además, el que le robó las palabras fue Max. No Liesel Meminger.

*Quien es entonces Liesel Meminger*

Liesel Meminger es la ladrona de libros. Esto lo sé yo, lo sabes tú, lo sabe su Papá, lo sabe Rudy, el que un día se disfrazó de Jesse Owens protagonizando el escandaloso incidente, incluso lo sabe Ilsa, la mujer del alcalde y dueña de la biblioteca en la que Liesel acostumbra a robar. Y lo sabe La Muerte.

Tiene 8 años y vive en la Alemania nazi. Sus padres eran comunistas y por esto ella y su hermano tienen que ir a vivir a la calle Himmel, la calle que tiene un nombre que significa cielo, donde les esperan sus padres de acogida. Lamentablemente, La Muerte se lleva al pequeño hermanito de Liesel en el tren de camino al nuevo hogar, así que cuando ella llega a la nueva casa lo hace sola, triste y desamparada, y con un secreto escondido debajo de la ropa. El primer libro robado. No sabe leer.

*Lo que tienen y lo que no tienen*
los personajes de esta historia

Los padres de acogida, Hans y Rosa, o Papá y Mamá, son muy especiales. Rosa tiene un carácter terrible y una bocaza enorme por la que sobretodo salen insultos, y un corazón todavía mayor. Tiene una cuchara de madera con la que proporcionar watschen a Liesel. Hans tiene las manos sucias de pintura, un cigarrillo colgando en los labios, un acordeón muy viejo y un judío escondido en el sótano. El judío, sobretodo, tiene miedo. Los cuatro tienen hambre y no tienen dinero, porque en plena guerra nadie necesita los servicios de un pintor de paredes. Rudy tiene 5 hermanos, es el vecino y mejor amigo de Liesel y no tiene miedo. Liesel, por su parte, tiene mucha suerte. Ilsa tiene una bilioteca llena de libros, los libros tienen un dedo de polvo, el polvo sólo tiene los recuerdos del pequeño hijo de Ilsa, muerto años atrás. También tiene ropa para lavar y planchar, y Liesel tiene un saco con el que recoge esta ropa para que Mamá la lave. Andadora de ciudades. Ladrona de libros.

Quizás “La ladrona de libros” sea un típico relato sobre qué le pasa a la población civil en una guerra. Miseria, bombardeos, mucho miedo, solidaridad y recelos. Y sin embargo tiene algo de especial.

Su estilo es particular. Directo, sencillo. Limpio.

Urgente.

Un poco surrealista, el narrador que explica lo acontecido es la propia Muerte. Ya sabes, el personaje de la capucha y la guadaña. Que, bien pensado, en un relato sobre guerra no está tan fuera de lugar. La Muerte, esta que nunca va con prisa porque siempre llega, estaba en el año 42 bastante atareada. Atareadísima, se diría. De ahí la urgencia, creo. Y aún así se paró unos segundos a mirar a los ojos de la niña que le llamó la atención tres veces, en el tren, junto a la hoguera en la que se quemaban libros, y entre las ruinas del bombardeo. Se paró, y no se la llevó. Quizás, sólo, se llevó su historia. Y por esto La Muerte tiene un relato, un mensaje, una historia urgente para explicar, la historia que Liesel escribía en el sótano y que le salvó la vida.

Durante un rato estuvieron sentados juntos.
El humo trepó por el hombro de Papá.
Diez minutos más tarde, las puertas del latrocinio se abrirían un poquito de nada y Liesel Meminger las abriría un poco más y se deslizaría entre ellas.
Se cerrarían detrás de ella? O tendrían la buena voluntad de dejarla volver a salir?
Tal como descubriría Liesel, ser una buena ladrona requiere muchas cosas.
Sigilo. Valor. Rapidez.
Y en todo caso, y por encima de todo, hay un requisito definitivo.
La suerte.

¿Sabes qué?
Olvídate de los diez minutos.
Las puertas se abren ahora mismo.

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Smells like a teen spirit, interpretado por Paul Anka

Todos asociamos "My way" a la voz del mítico Frank Sinatra, pero lo que pocas personas saben es que fue Paul Anka, quien adaptó la canción francesa "Comme d'habitude" al inglés, transformándola en la bella canción que todos conocemos. Y es que Paul Anka ha sido uno de los compositores más grandes, así como un intérprete extraordinario. Bien lo saben en Las Vegas. En esta ocasión, Anka, hace suyas las letras del grupo Nirvana, dándole ese toque swing tan característico de las veladas en esa ciudad del estado de Nevada. Una joyita que no podíamos dejar escapar para resarcirles de las peores versiones de la historia ofrecidas por el_situacionista. Va por ustedes


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sábado, julio 05, 2008

Presto, de Doug Sweetland

En casi exclusiva os presentamos “Presto”, el corto de Pixar que precederá su nueva película, “Wall·E”. Una nueva joya de la animación.


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lunes, junio 30, 2008

Tiro de gracia, de Javier Ochoa

Apropiado para el día de hoy.


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miércoles, junio 25, 2008

Las peroes versiones de la Historia

La revista Total Guitar (¿eing?) ha hecho una lista con las peores versiones de la Historia. Uno, como buen fan de Nick Hornby, adora las listas de música, o de libros, o de lo que sea. De manera que nos lanzamos a señalar con el dedo los atrevimientos de algunos artistas -y otros que no tanto- al tocar canciones que no eran suyas. Hay algunas que tienen delito. Mi favorita, por horrorosa, es la última. Que lo disfruten.

1. You Shook Me All Night Long, anteriormente de AC/DC y reinterpretada por Celine Dion y Anastacia (esa señora de bigote). Muy buena ganadora.




2. Walk This Way, en origen de Aerosmith aunque como más conocida fue como la versión a dúo grupal entre el grupo de Tyler y Run DMC. La versión de la versión, incluso imitando los videos, de las Sugababes y las Girls Aloud nos indica que ser joven también puede significar estar exento de talento. Sin duda José Manuel de Prada se sentirá aliviado -no por joven, claro.





3. Light My Fire, clásico de The Doors. A uno que nunca fue un incondicional de Jim Morrison, la versión de Will Young le parece un homicidio en tercer grado, por lo menos.




4. Wonderwall, de Oasis. Hasta que no escuché de nuevo la versión de Oasis no la reconocía, porque hay que decir que si un buen grupo se caracteriza por tener su sonido particular y no imitar a otros habrá que reconocer el talento de estos Mike Flowers Pops. Suenan únicos. Tan sólo mi gato cuando le piso la cola y tiene hambre es capaz de sonar igual. Como decía, mi favorita.



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sábado, junio 07, 2008

El integrado, el apocalíptico

Por Antonio Muñoz Molina, leído en Babelia, 7 de Junio de 2008.


Los escritores de vez en cuando enuncian las leyes universales de la literatura, las cuales suelen corresponderse con el caso particular de cada uno. A los escritores, en las mesas redondas o en las entrevistas, les entra a veces un curioso afán legislador: explican que la literatura ha de ser de una cierta manera y no de otra y apelan para demostrarlo al ejemplo de algunos grandes nombres, que casualmente son los modelos que a ellos los inspiran. No te engañes, me avisa la presencia querida: cuando un escritor dice admirar mucho a un maestro lo que está haciendo es admirarse y vindicarse por su mediación a sí mismo; ¿no te has dado cuenta de que sólo admiran a los que creen parecerse?

Estaría bien admirar a aquellos de cuyas virtudes carecemos. Leer los cuentos de Chéjov, los de Bernard Malamud, los de Rulfo, los de Alice Munro o Raymond Carver si tenemos una tendencia excesiva a las amplitudes de la prosa; incluso, para mayor disciplina, frecuentar la poesía más estricta. Cuando de manera casi automática nos inclinemos por las tramas laboriosas y cerradas, haríamos bien en fijarnos en los maestros de lo insinuado, de lo dicho a medias, porque a la ficción le pedimos que nos cuente un cuento y que nos cuente el mundo, que transmita la experiencia en el estado más puro posible y a la vez que le dé forma, y entre esos dos polos magnéticos andamos a tientas buscando el punto inseguro de equilibrio. Algunas veces, por pudor o por cobardía, o por miedo al exceso, o por no molestar, nos sometemos con demasiada mansedumbre al decoro: entonces está bien que admiremos a los grandes desvergonzados, a los que han llamado a las cosas por sus nombres más crudos, atreviéndose a contar lo que siempre se calla, con el júbilo del niño que repite palabras obscenas atragantándose con sus propias carcajadas. El gusto cambia, modificado en parte por el influjo de las obras más innovadoras: lo muy minoritario puede hacerse masivo, lo abrumadoramente popular desaparece sin rastro, lo que fue distinguido y exquisito se queda fósil, lo desdeñado por vulgar resulta ser lo más sofisticado con el paso del tiempo.

Por eso cansan tanto los axiomas de los escritores, que cuando se repiten mucho revelan una herida que no quiere mostrarse. En los mismos días y en este mismo periódico se entrecruzan dos voces, la de Juan Goytisolo y la de Carlos Ruiz Zafón, y aunque parece que no tienen nada en común uno reconoce al escucharlas ese tono del escritor que se vindica a sí mismo convirtiendo en ley la circunstancia personal, anticipándose a mostrar su desdén precisamente hacia lo que cree que sin justicia se le niega. Ruiz Zafón vende a toda velocidad no sé cuántos millones de libros, y considera que la literatura ha de contar historias claras y directas, que los personajes, igual que en una buena película o en una serie de televisión, "deben definirse a través de sus acciones y de sus palabras, no echando un rollo patatero en un párrafo inmenso". Zafón celebra la cultura de masas y detesta los "mundillos literarios" españoles, habitados por críticos rancios y por novelistas tristemente obsoletos que escriben -escribimos- rollos patateros en párrafos inmensos, alimentando un resentimiento disfrazado de superioridad hacia quienes sí conectan con el público.

Juan Goytisolo también se ve a sí mismo como un forastero en el mundo literario español, que le parece tan desolador como a Ruiz Zafón, pero por razones distintas: salvo él, Goytisolo, y alguno más, los escritores están entregados a la comercialidad más baja, a los caprichos del mercado, a la fabricación de groseros bestsellers escritos en una prosa que él mismo parodiaba hace poco en estas mismas páginas con sus conocidas dotes humorísticas. Juan Goytisolo viene repitiendo desde hace tiempo las siguientes leyes de la literatura universal: los grandes escritores -el Arcipreste de Hita, Blanco White, Jean Genet, el propio Goytisolo, por poner unos cuantos ejemplos- son heterodoxos y renegados que sufren persecución por su rebeldía, y que escriben obras tan rompedoras, tan arriesgadas, tan radicales, que no hay sitio para ellas en sociedades literarias regidas por el borreguismo y por la venalidad comercial, y que por lo tanto sólo son apreciadas plenamente por una minoría exquisita de lectores. Goytisolo es generoso: juzga que está bien que existan escritores de masas como Carlos Ruiz Zafón, ya que gracias a los beneficios económicos que producen sus libros las editoriales pueden costearse el privilegio de publicarlo a él.

En los términos inventados por Umberto Eco, Goytisolo sería un apocalíptico, y Ruiz Zafón un integrado. Para el uno, la maestría y la popularidad son incompatibles; el éxito de una obra es su argumento definitivo contra ella. Al otro no le basta haber vendido más de cien millones de libros con sus historias claras, de párrafos bien medidos y personajes que se definen por sus palabras y sus actos: quiere que esa sea la vara de medir la literatura. En el caso de Zafón, la prueba irrefutable de su talento sería que lo lee todo el mundo; en el de Goytisolo, que no lo lee casi nadie. Goytisolo prefiere no acordarse de la extraordinaria popularidad que disfrutaron casi instantáneamente muchas obras maestras, prolongada a lo largo de los siglos, resistente a la ignorancia y a las malas traducciones, incluso a la desaparición de la cultura en la que fueron originadas. Un novelista puede ser grande y tener mucho éxito, incluso impúdicamente ambicionarlo: Balzac, Dickens. Otro igual de grande puede no tener ninguno, al menos en vida: Stendhal. Con mucha frecuencia hay más gente que lee una novela infame que una novela magnífica. Pero también hay novelas magníficas que seducen a millones de lectores -Lolita, Vida y destino, Bella del Señor, Anna Karenina- y su número no es inferior al de las novelas infames que fracasan.

Historias transparentes que se leen en unos minutos pueden tener profundidades y matices que no agota ninguna lectura; otras parece que sólo se nos entregan después de un largo asedio, exigiéndonos una atención obstinada y ferviente, revelándose de pronto en su intensidad cegadora. Los muertos se lee en un viaje corto con una placidez estremecida de melancolía: El ruido y la furia sólo empieza a penetrarse después de leerla dos veces. Una requiere claridad y sugerencia: la otra tinieblas, arrebato y delirio. Que una obra de arte tenga mucho éxito dice tan poco sobre ella como que no tenga ninguno. John Coltrane urdió algunas de sus improvisaciones más desaforadas sobre un vals tan inmensamente popular como My favorite things. Bajo el volcán estuvo una o dos semanas en la lista de los libros más vendidos del New York Times.

Que cada uno haga su trabajo, pues, según pedía Camus, como sepa o como pueda, porque más allá de la página y del gusto o el desaliento de escribir no hay nada seguro, ni la calidad de lo que hacemos, ni la resonancia que tendrá. Sólo dos cosas son ciertas para casi todos los que nos dedicamos a este oficio: nunca venderemos ni una ínfima parte de lo que vende Ruiz Zafón; nunca nos consagrarán tantas tesis doctorales, congresos, homenajes, como a Juan Goytisolo.

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lunes, junio 02, 2008

Hapworth 16, 1924, de J. D. Salinger

There is a marvellous peace in not publishing.… I like to write. I love to write. But I write just for myself and my own pleasure”. J. D. Salinger, The New York Times, 1974.

Hapworth 16, 1924” es la última obra publicada de mi admirado Salinger. Para una ocasión tan excepcional, el excéntrico escritor utilizó una de sus ediciones favoritas. Y es que The New Yorker debe ser una de las pocas cosas en las que confía Salinger, es por ello que no es de extrañar que la eligiese para dar a conocer al mundo una “precuela de Seymour Glass. Revista que se ocupó la integridad de sus páginas con la publicación de este relato extenso a modo de carta que un Seymour de siete años escribe a su familia y en la que disecciona sus gustos literarios y musicales, sus opiniones sobre la religión, la sexualidad, la vida en general y ofrece pistas para el trágico final que este personaje tuvo años antes en “El pez banana”, relato corto que apareció tiempo atrás y que quedaría circunscrito a los “Nueve cuentos”. Hasta la fecha, y según me confirman la mayoría de las fuentes conocidas, este relato extenso no tiene más ediciones en España que aquellas personas que puedan contar con el número del 19 de junio de 1965 de The New Yorker (a un módico precio, por cierto). Sin una traducción al castellano, y sin ningún tipo de permiso del autor para hacer reproducciones, sólo existen circulando por la red un par de versiones piratas en nuestro idioma. Qué quieren que les diga. Pues eso, que ojala tengan suerte y se encuentren con un ejemplar por casualidad (y sin violar la ley de Derechos de Autor, por supuesto) y puedan leerlo, en el confort de su hogar, sólo para ver de quién es y devolverlo a su legítimo dueño: el Sr. Jerome D. Salinger.

¿Qué interés puede tener una carta que un niño de siete años llamado Seymour, y que se encuentra en un campamento de verano junto con su hermano Buddy, le envía a sus padres y hermanos? Seguramente, ninguno. Sin embargo, no se trata de una carta cualquiera y no se trata de un escritor cualquiera. Salinger, que domina el relato corto como pocos lo han hecho en la historia de la literatura, escribe una carta en la que disecciona la vida con una sencillez extraordinaria. Desde las palabras rebuscadas de un niño prodigio que se preocupa por su ortografía y gramática, y que pide ser corregido por su amada bibliotecaria al mismo tiempo que siente el rubor ante la idea de ser descubierto en un error, nos presenta de nuevo a la familia Glass. Intentando huir de su pesimismo habitual, Salinger nos ocupa con el esfuerzo de un crío que trata de demostrar más seguridad de la que le corresponde por su edad. Un esfuerzo que trasluce su enamoramiento de la Sra. Happy. Sin duda toda una revelación que sienta una profunda y conmovedora pasión por una felicidad que nunca podrá tener, pues él es un niño y ella una mujer, adulta y casada. Trágicamente inaccesible.

Un pesimismo que, como decimos, trata de vencer. Pero cuando lo reflexivo vence a lo superficial en esta carta, la verdadera naturaleza de los Glass aflora. Metódico en sus juicios, Seymour nos presentará un Dios respetado pero distante (al que busca y desafía), una familia a la que hace el centro del universo (y de su propia obra), la desesperanza ante la soledad o los estúpidos convencionalismos sociales que nuevamente se esfuerza en ridiculizar. Características de la obra de Salinger, que no podían faltar en este relato de su familia literaria. Del mismo que también recurre a sus habituales golpes al lector con puntillas que harán desear conocer un poco más a estos personajes a los que el escritor marcó con el signo de la maldición. Una prosa fluida, que posee varias velocidades perfectamente delimitadas por la temática de las palabras que el niño va escribiendo, da una nueva muestra de los Glass. Parecería que en lugar de escribirla la estuviese leyendo con distintas intensidades y estados de ánimo. Casi atropellando sus palabras al tiempo en el que arquease una ceja para emitir un juicio sumamente elaborado.

Buddy, considerado el alter ego de Salinger, centrará buena parte del contenido de esta misiva. Idolatrado por Seymour, tranquilizará a sus padres con una terrible mentira sobre el futuro de su hermano pequeño. Buddy llegará a convertirse en un gran escritor que envejecerá en un mundo que siempre imaginó. Una visión que relata a sus padres fruto de sus extraordinarias cualidades y que, sin embargo, se revela como falsa. Puede que Salinger trate de introducir el albedrío como una variable real en sus relatos, pues sabemos del final de Buddy gracias a “Teddy”. Conociendo al neoyorquino, parecería raro que tomase la bondad de mentir a sus personajes sobre su propio destino. Sería como si Unamuno le hubiese perdonado la vida finalmente a Augusto. Una licencia impropia de su estilo, franco y directo. Por lo que esta visión de un futuro ideal, en el que la realidad pesimista y cruel, que el propio Buddy nos contará en “Teddy” a modo de casualidades, se impone a cualquier lógica. No sé en qué modo encajará esta afirmación con la lógica del pensamiento oriental, a la que Salinger es tan aficionado, pero lo cierto es que siente una enorme debilidad por empujar a sus personajes hacia la tragedia, hacia la vida. Del mismo modo que llegará el inevitable fin de Seymour en “Un día perfecto para el pez banana”, y al que en “Hapwoth 16, 1924” se anticipa en el accidente que el pequeño relatará y en el que dejará entrever su incierto destino.

En suma, este relato que presentamos, es una pieza más en la complicada estructura que Salinger ha desarrollado en su obra literaria y que es fácilmente comparable con la propia vida. Sólo en las últimas páginas de esta carta, cederá algunas amables palabras a sus escritores destacados, no sé si se tratará se sus favoritos. Al igual que hiciera Cervantes en uno de los primeros capítulos de “El quijote”, Salinger compone su propia lista de autores y obras que merecen, no ser salvadas de la hoguera como en el caso del castellano, sino enviadas al campamento para ser leídas por Seymour y Buddy. Así, el propio “Quijote” es solicitado como la obra de “un genio mas allá de cualquier comparación fácil o barata”. Además, confiesa su admiración por Jean Austen, Tolstoy, “La plegaría de Gayatri” de autor anónimo, las obra completas de Dickens (“Mi Dios, ¡yo te saludo, Charles Dickens”, proclama), las hermanas Brönte, William Rowan Hamilton o Proust. Una lista que no tiene desperdicio y que encadena, de forma arbitraría afirma, al tiempo en el que disecciona, un poco más, sus martilleantes pensamientos.

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